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Aceptando la ausencia paterna

  • 24 julio, 2025
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El Día del Padre, aunque para muchas personas es una fecha de celebración, para otras mujeres representa un día cargado de emociones encontradas. Lejos de las felicitaciones y los regalos, este día puede traer a la superficie heridas antiguas: la ausencia de un padre, la figura distante o la presencia que nunca se sintió como tal.

Para algunas, es un día agridulce. Se activa una especie de duelo por lo que no fue: el abrazo que no llegó, la protección que no se sintió, las palabras que se esperaron por años y nunca se escucharon. Puede surgir la tristeza, la rabia, la frustración, incluso la envidia de aquellas que sí vivieron una paternidad presente y amorosa.

Fuente: Ricky Turner.

Pero tener esos sentimientos no te hace débil, ni ingrata. Te hace humana. Te conecta con la parte más vulnerable de ti: la niña que fuiste, esperando ser vista y valorada.

Sin embargo, ese guion de insatisfacción no tiene por qué definir tu historia. La paternidad emocional que no recibiste puede ser una invitación a algo profundamente transformador: comenzar a paternarte a ti misma.




Paternarte es aprender a cuidarte con firmeza, a poner límites con amor, a sostenerte cuando la vida se tambalea. Es convertirte en esa figura interna que te dice: “Aquí estoy. Te veo. Te respaldo.”
Es permitirte reconocer lo que dolió, sin quedarte atrapada en el dolor. Es mirar hacia atrás sin quedarte a vivir allí.

Sanar la herida de la ausencia paterna no es olvidar ni justificar, es comprender y transformar. Es atreverte a construir un vínculo contigo desde el amor, la protección y el respeto que mereces.
Y desde ahí, decidir qué tipo de relaciones quieres cultivar, qué patrones quieres romper y qué legado emocional quieres dejar.

Este Día del Padre, si la fecha te incomoda, no te obligues a sonreír ni a forzar celebraciones. En cambio, date el permiso de sentir, de llorar si hace falta, de escribirle una carta a esa niña que fuiste y prometerle que no volverá a sentirse sola.

Porque, aunque no hayas tenido el padre que necesitabas, aún puedes ser para ti la figura que te contenga, te impulse y te haga sentir segura.
Y eso también es motivo de celebración.

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Conmigo

No sé si las almas leen cartas o si el cielo tiene buzones. Pero igual te escribo, abuela

  • 27 junio, 2025
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Hoy te escribo como quien lanza una botella al mar, sabiendo que quizás nunca llegue a tus manos, pero creyendo —con la fe ciega de una nieta— que el amor sabe abrir caminos invisibles y las almas que comparten un cariño indescriptible, nunca realmente se separan.

Te extraño. No por costumbre, sino porque todavía hay un silencio muy tuyo que persiste. Todo parece estar un poco menos lleno desde que no estás. Pero aún así, te pienso. Porque en mí sigues viva, abuela. En cada gesto, en cada palabra que se parece a la tuya, en cada recuerdo bordado con tu voz.

A veces, me dicen que me parezco mucho a ti, y ese es el halago más precioso que pueden darme. Tengo el pelo igual de corto que tú, y los ojos llenos de sueños como en algún momento tú los tuviste. Me gusta leer con el alma puesta en cada página y esa pasión, sin duda, es tu herencia. Hay algo tuyo en mí, y ese algo me sostiene. Un hilo invisible que me ata a tu ternura y a tu fuerza.




Nunca entendí del todo cómo podías tener tanta dulzura en las manos y al mismo tiempo tanta firmeza en la mirada. Te convertiste en un refugio sin pedir nada a cambio, fuiste casa y escudo. Y aunque los años pasen y el mundo insista en seguir girando, hay días en los que me detengo solo para recordarte, para hablarte bajito, como si aún pudieras responderme. Como si tu ausencia no supiera hacerse tan presente.

Con el tiempo aprendí que el amor verdadero no muere, solo aprende a volar y regresa a la casa de Dios. A veces se vuelve estrella, otras veces se esconde en los sueños, e inusualmente regresa en forma de aroma… pero siempre, siempre encuentra la forma de abrazarte. Porque el amor de abuela nunca se despide, sólo se vuelve invisible.

No sé si las almas leen cartas. No sé si el cielo tiene buzones. Pero igual te escribo. Porque el amor no se calla solo porque duele. Porque hay amores que no caben en el olvido.

Gracias por haber sido tanto, por haber amado tanto. Donde quiera que estés, quiero que sepas que aún te busco entre los sueños… y que, aunque no me leas, te pienso con el corazón en las manos.

 

Con amor,

Mariale.

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